Una ruta cuidadosamente estudiada y diseñada

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Toda zona residencial de la aparatosa Lima es igual: calles extrañas, laberintos de ángulos rectos y obtusos, desembocaduras y bifurcaciones. Los parques se repiten, bancas de cemento, árboles, la ocasional loza deportiva. Al salir de las instituciones educativas, los chicos tienen una tendencia natural hacia diseñar rutas. Las rutas no siempre son las más óptimas (rara vez lo son), pero se incrustan en sus jóvenes mentes y llegan a durar años. La de Javier tenía como destino final no su casa, sino un estrafalario local conocido como La Ratonera.

Ordenadores poblaban la totalidad de un reconvertido garaje. Los chillidos de niños, púberes y adolescentes opacaban por completo la música de fondo. Javier, al igual que ellos, llegaba para jugar DotA. Solos o acompañados, entre ellos o ante rivales al otro lado de la ciudad, daba igual. Javier alquilaba siempre una hora, apuntaba a jugar una partida y acabar el tiempo libre jugando algún minijuego. En casa no le esperaba nadie: madre llegaba a las siete y padre recién a las nueve.

De entre todos los héroes del juego, Shadow Fiend era el preferido de Javier. Dos Branches, dos Circlets, un paquete de Tangos. Necromastery nivel uno, ir a mid. La ligereza de las animaciones del héroe atrapaba a nuestro joven colegial tanto o más que su poder destructivo. Shadow Fiend poseía un modelo ágil, de movimientos elegantes y calculados. Su estilo de juego daba lugar a la mejora continua y Javier, cuando su madre le impedía jugar, pasaba horas estudiando guías, viendo videos, practicando movimientos, imaginando ítem builds. Los mejores años de su vida se los debe a un mapa personalizado de Warcraft III y a la dedicación de un grupo de usuarios por muchos años anónimos.

Como con todos, los años pasaron. Unos cuantos centímetros más, un poco menos de cabello, un vello facial que amenaza con salir de control. Javier lleva ya dos años en su puesto y, si bien no tiene de qué quejarse, siente que las responsabilidades son demasiado para él. Hace 6 meses que empezaron los dolores de cabeza y el sangrado nasal y el médico de la clínica le dice que tiene que cambiar sus hábitos alimenticios. Él se encoge de hombros y hace promesas vagas que nadie escucha.

Cada noche, Javier sigue una ruta cuidadosamente estudiada y diseñada. La inicia en el piso 22 de un edificio anónimo y, tras parar en un minimarket para comprar fideos instantáneos, la culmina en un pequeño departamento en el corazón de Jesús María. Mientras calienta su recién comprada cena y enciende su ordenador, piensa en épocas de su vida más estructuradas. Le reconforta la idea de que, durante los próximos cincuenta minutos, volverá a ser el chico que, camisa desabotonada y corbata escolar en mano, soñaba con ganar torneos y tener su nombre escrito en la pantalla de carga del juego.

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